Gato e´Monte

Gurbia

Llorona Records & Discos Cabeza 2019

Hace unos días conversaba con unos amigos en medio de unas caladas, unos tragos y unas sodas (esas últimas mías) sobre la influencia que tuvo la nueva trova cubana en mi hacer musical, un género musical que no ha sido del todo querido por mi persona, pero que como todo lo que uno debe probar, intente, toqué, improvise, etc, por lo menos lo que acá ha llegado de esos experimentos que realizaban Silvio Rodriguez, Pablo Milanes, Leo Brouwer y otros en el conservatorio nacional de la Habana, un lugar que dio lugar a mucha de la música contemporánea latinoamericana, y que, desgraciadamente para mi, solo recibimos en Colombia los “one hit wonders” de dicha producción. Sinceramente mi problema con esta música fue la voz, los timbres de Silvio Rodriguez y Pablo Milanes siempre me han parecido en extremo molestos, sus letras, armonías, técnicas de interpretación, melodías, todo el resto que compone la música me parece avanzado, increíble y novedoso, pero la voz no me ha dejado pasar de ahí, por eso básicamente no me gusta.

Comienzo con este recuento del fin de semana (no solo para admitir que salgo a la calle y escucho lo que me encuentro allí) si no para dar un pequeño contexto de lo que considero en Colombia no ha tenido tanta relevancia: la nueva canción colombiana. Desgraciadamente los que lo han intentado y con éxito lograrlo son los que se suele citar todo el tiempo, pero estoy seguro que deben haber muchos sujetos, duetos, cancionistas que están creando nuevas formas de interpretar nuestro paisaje, nuestra realidad y darnos una representación a través de la música de este momento en que vivimos. Los ejemplo usuales en este ámbito son Bituin, Las Añez (la mitad de bituin) y el gran Edson Velandia. El otro combo (ese que realmente se nombra como cancionistas y revolucionarios del género) son los del colectivo Barrio Colombia, pero la verdad, son cantautores que han replicado el modelo década, tras década, muy sosos, muy faltos de música, muy faltos de contexto y realidad, diría yo que son el tropipop(o) hecho canción.

Entre todo esto, llega Gato e´monte, el cual conocí con otros amigos (los experimentales de Bogotá) que me invitaron a un bello festival (El marrano no se vende 2019) y que me hospedaron en la casa de Astrid y Juan (Perez), amantes de los discos y la comida, una combinación infalible para mi, básicamente yo me alimento de eso y de libros, estos últimos hasta Astrid ha publicado, entonces se pueden imaginar lo bello que fue este viaje para mi, acompañado de Munra (el gato inmortal) y escuchando este disco antes de que saliera, y ¿eso por qué? pues porque Juan es el artífice de Discos Cabeza y me dijo: oiga José, esto lo tiene que escuchar mijo. Me contó todo detrás del Gato e´monte, escuchamos el disco muchas veces, comimos pizza, caminamos por tamal, caminamos a matik-matik, y la banda sonora del viaje fue este sujeto y su bandola llanera.

Ahora de la música que puedo decir, pues hombre, es uno de los acercamientos a la música campesina más avanzados, puros, sin trucos (como suele hacer la word music esa que reseña Jaime Monsalve cada ocho días en Arcadia) esto es real, una vaina grabada en sesión, depurada en años de práctica y estudio no solo académicos y del instrumento, sino habitados en la montaña, donde el gato se mimetizó con los campesinos, el paisaje, y donde sus historias, esas que traía de la ciudad de la que huía, salieron a relucir en medio de toda esa selva llena de otros ruidos, otros sonidos que él volvió canción.

Cuando me refiero a que no hay trucos usuales, estoy tratando de explicar que las armonías siguen el texto en una prosodia natural, sin alterar el significado simbólico del lenguaje textual, sus armonías hacen ciertas sustituciones que hacen del discurso melódico un gesto menos vertical y juegan con la horizontalidad que puede dar el uso del contrapunto (como gesto, no como habilidad técnica) en una forma de canción. No encontramos las usuales sustituciones venidas y acomodadas del jazz o berklee, tampoco tenemos elementos de la electrónica anglo acompañando, es un tipo solo con su bandola llanera, aprovechando las múltiples posibilidades que ofrece el instrumento, particularmente notamos que suele hacer juegos con las cuerdas bordones y resonancias por simpatía que tiene este timbre, además de la técnica tradicional de pajueleo o uso de la púa.

La voz del gato, es desgarrada, un poco cruda, sin trabajar, casi pareciese que no hiciera le esfuerzo por cantar bien, parece es lo que mejor le ha salido en tanto tiempo de trabajar, pues si bien, este es su primer disco, el sujeto detrás del gato, lleva años deambulando entre la capital y los cerros, las montañas, las sabanas, las llanuras. Su registro vocal es bastante restringido, pero hace un buen uso del mismo, tratando de afinar en el camino, pero sin titubear a la hora de decir lo que tiene que decir, un vibrato casi accidental sale de tanto en tanto cuando su voz no puede sostener mucho tiempo una melodía, pero el hace lo que mejor ha podido y saca la frase a flote, esa sensación de casi caer en la fragilidad hace que éste oyente esté en constante expectativa.

Gurbia está hecho con ese hambre voraz insaciable, que siente uno cuando amanece, y que tal vez este gato esta intentado llenar a punta de canciones, ojalá pueda por lo menos lograr el sueño de algunos músicos: pagar en la tienda de la esquina con canciones.

José Gallardo Arbeláez